Presentarse ante un grupo de desconocidos pone nerviosos a casi todos. Puede ocurrir en tu primer día, al cambiar de departamento o al empezar un proyecto con gente nueva. Lo bueno es que no se espera un discurso largo. Basta con unas pocas frases claras y amables para que los demás se hagan una idea de quién eres y de cómo pueden contar contigo, y a partir de ahí todo será más fácil.
Poco, claro y con calidez
Piensa antes en tres cosas: tu nombre, lo que haces y algo personal. Puedes decir cómo te llamas, a qué te dedicas y qué esperas del nuevo puesto. Añade un detalle humano, como un pasatiempo o de dónde vienes, para que los demás tengan algo con lo que conectar. Prepara las frases antes, sin memorizarlas, para no quedarte en blanco cuando llegue tu turno. Si te ayuda, escribe unas notas breves en un papel pequeño.
Nadie espera una presentación perfecta. Habla con calma y mira a la gente. Sonreír relaja a quien habla y a quien escucha. No te preocupes si te tiembla la voz al principio; casi todo el mundo lo entiende. Habla despacio y respira entre frases. Si te equivocas, sonríe y sigue. Una presentación corta, dicha con naturalidad, suele funcionar mejor que otra larga y perfecta.
Muestra interés por los demás. Después de presentarte, pregunta a alguien cómo es su trabajo o qué le gusta de la empresa. Escucha las respuestas y recuerda los nombres. Si no los recuerdas todos, no pasa nada: puedes preguntar de nuevo con educación. Los pequeños gestos de atención son los que hacen que te consideren parte del grupo con más rapidez.
Después de la presentación, dedica unos días a conocer al equipo. Toma un café con alguien, ofrécete a ayudar en una tarea sencilla y pregunta cómo suelen hacer las cosas. Con el tiempo, tu presentación se convertirá en una historia compartida, y no en un momento de nervios. Y recuerda que los demás también han pasado por lo mismo, así que seguro te acogerán con simpatía.