Pasar de tener un despacho propio, con puerta y silencio, a una oficina abierta, con mesas compartidas y voces por todas partes, es un cambio grande. Al principio, muchas personas echan de menos su rincón: la tranquilidad, la luz a su gusto, la posibilidad de cerrar la puerta. Es normal sentirse un poco desubicado. Con tiempo y algunos hábitos, sin embargo, la oficina abierta también tiene cosas buenas, como la cercanía con los compañeros.
Encontrar tu sitio en el espacio común
Empieza por observar cómo funciona el espacio. Fíjate en qué momentos hay más ruido, dónde se mantiene más calma y cómo se comunican los compañeros. Cada oficina tiene su ritmo y sus costumbres. Cuando los conozcas, será más fácil adaptar tu forma de trabajar. No intentes cambiarlo todo el primer día: mira, escucha y pregunta con calma, y deja que los hábitos nuevos lleguen poco a poco.
Prepara tus propias herramientas para concentrarte. Unos auriculares, una mesa cerca de una ventana o una zona más tranquila, si la hay, te ayudarán a trabajar con calma. Reserva para las tareas que exigen más atención los momentos en que la oficina está más silenciosa. Y si necesitas hablar por teléfono o reunirte, busca una sala pequeña para no molestar ni sentirte observado.
Personaliza un poco tu sitio, con moderación. Una foto, una planta pequeña o una taza favorita hacen que la mesa sea más tuya. También es útil ordenar bien tus cosas: en un espacio abierto, el desorden se nota más y molesta a los demás. Un puesto limpio te ayuda a sentirte más cómodo y ofrece una imagen cuidada, incluso en los días en que hay mucho movimiento a tu alrededor.
Aprovecha lo bueno del cambio. En una oficina abierta se enteran antes las novedades, es fácil pedir ayuda y surgen conversaciones que antes no tenías. Habla con los compañeros de al lado, ofrece tu ayuda y acepta la suya. Poco a poco, el ruido dejará de molestarte, y quizá descubras que te gusta trabajar acompañado. Y si algo no te convence, coméntalo con amabilidad; entre todos se encuentran soluciones.